La razon de ser

Para este blog elegimos el arte callejero porque es una forma de que ciertos sectores de la sociedad den muestra de lo que les pasa sin ningún tipo de restricción.

Para esto, los artistas callejeros utilizan el espacio público como medio de expresión.

Con este arte que se desarrolla en espacios abiertos se pretende sorprender a los espectadores.

Los artistas callejeros suelen tener un llamativo mensaje que critica a la sociedad con ironía e invita a la lucha social, la crítica política, simplemente a la reflexión. Existen ciertos debates sobre los objetos reales de los artistas que hoy intervienen la calle.

30/11/11

Entrevista a Mario Signago alias El Monito

¿Qué es un grafitero? 
Es aquel que se expresa artísticamente, sin ánimo de lucro (claro está), utilizando la calle como soporte, buscando el impacto social y haciendo su seudónimo famoso, pero manteniéndose él, en el anonimato. 

¿Lo que se pinta en la pared tiene significado solo para el autor, es un medio de expresión social o de comunicación entre grafiteros?  
Un poco de todo. Cuando pintas algo buscas superarte a ti mismo, que se quede con tu nombre el mayor número de grafiteros posible y dejando tu obra en la calle al alcance de todos, ya sea un mural supercurrado, un tren o un tag. 

¿Por qué siempre es un nombre? 
No siempre es un nombre, también se hacen muñecos o dibujos en general. Lo que si se es que se elige siempre un seudónimo para combinarlo en los grafitis.  

¿Qué no pintarías nunca en una pared? 
Nunca me he topado con algo que pensara que no lo pintaría jamás, no se, por ahora no tengo esa limitación. 

¿Existe la copia entre grafiteros? 
Si. Sobre todo gente que empieza se fija demasiado en otros escritores y hace sus letras copiando las de otros. Por lo general, cuando llevas mucho tiempo, poco a poco te va cambiando el estilo sin apenas darte cuenta. Te va saliendo tu estilo. Es lo que deberían buscar todos. 

¿Existen rivalidades entre grupos de grafiteros? 
Si. Por desgracia hay tontos en todas partes, pero no es algo general. Normalmente se pinta a veces con otros grupos y viajas a pintar con gente de otros sitios. Lo que si que hay, y no lo veo muy mal, es como una especie de competición. 

¿Cuál es el mayor objetivo de un grafitero? 
Como bien dijo Seen 2, escritor de New York, de los primeros: “Coge un nombre y hazlo grande”. 

¿Existe la moda en el grafiti? 
Yo creo que no, hay muchos estilos diferentes y al parecer las ideas no parten de seguir una tendencia sino de hacer mi rollo. Hay gente que hace un estilo wildstyle muy old school, gente que hace un rollo diseño, gente que hace solo muñecos, etc. Hay de todo y no parecen seguir ninguna moda. 

¿Por qué el grafiti está relacionado con el rap, las culturas underground o rebeldes? 
Supongo que porque nació en el mismo sitio, en zonas marginales para hacerse ver y que se hablara de ellos. También por su ilegalidad. Sin embargo, hoy existen grafiteros que no tienen nada que ver con el rap pero si con la rebeldía. 

¿Qué piensas que se le ha aportado al grafiti desde aquellos tiempos en sus orígenes en Nueva York?  
Pues multiculturalidad, diversificación. Hay muchos estilos, mucha gente que se dedica a ello, unos profesionalmente pintando locales, otros que siguen pintando trenes, hay nuevas tendencias como las pegatinas o las plantillas, que a pesar de que se les vincula al grafiti, su origen es completamente diferente. 

¿Qué pasará cuando se acaben las paredes?  
Seguro que se pintaría encima de lo ya pintado.



Porque lo haces donde nadie lo va a ver

No es fácil la vida del artista callejero. Una noche, a Tec le dispararon mientras se subía al árbol más próximo a la pared que pensaba pintar. La bala cortó una rama y agitó las hojas; el estruendo envió al grafitero a un mundo de odio inexplicable que hasta entonces él ignoraba por completo. Todavía con el ruido en los oídos y en el corazón, Tec saltó del árbol, batió el récord mundial de cien metros llanos y mientras corría se juró no volver a grafitear. “Pero el juramento me duró apenas un año” me confió, tiempo más tarde y con una sonrisa, mientras ofrecía un mate en la cocina de su casa. La vida del artista callejero no es fácil y no sólo por los tiros; también porque de día hay que ponerse la corbata y, cuando cae la noche, el antifaz o la capucha. Tec es diseñador gráfico y trabaja en publicidad, pero lo que de veras lo hace feliz es pintar por amor al arte los muros de la ciudad. Ya lo dice Arthur Schnitzler en uno de sus célebres aforismos: “Hay quien lleva una doble vida, dicen. ¿Pero no es más cierto que sólo llevando en apariencia dos vidas diferentes consigue vivir una vida entera, verdadera, es decir, su propia vida?”. Esa tarde de sábado, Tec iba a salir a la calle para compartir lo mejor de sí mismo debajo del puente de Cramer y Elcano. “No hay caso: aunque a veces resulte peligroso, yo sé que esto lo voy a hacer toda la vida”, dijo. Y la sonrisa le duró aun cuando dejó el mate y fue a su cuarto a buscar el manchadísimo uniforme de su ¿verdadera? identidad.
Mientras lo esperaba, en su compu vi su documental Ruta 9, que por alguna razón todavía no subió a Internet. Como es cordobés, conoce perfectamente esa carretera hoy semiabandonada. Durante años recorrió una y otra vez el tramo que une Córdoba con Buenos Aires, y por eso un día se propuso pintar las paredes de los predios que a ambos lados de la ruta parecen jactarse de albergar mugre y olvido. "Salí con una Renoleta, una cámara y los tachos de pintura -contó-; llegué a pintar un destacamento, un mercadito viejo, carteles de publicidades de hace mil años. También pinté justo enfrente de una cárcel en Villa María, y los presos me gritaban que lo hiciera bien, porque iban a tener que ver mi grafiti todos los días."
-¿Por qué pintaste una ruta en la que cada vez pasan menos coches?
-Porque me gusta. Porque esa ruta es parte de mí. Porque me encantaría que, cuando alguien vea lo que hice, se sorprenda.

En el desorden de su casa asomaban libros sobre muralismo, una maleta pintarrajeada, aerosoles, cuadros de amigos y pósters de exposiciones. Quería ver su biblioteca, pero no había tiempo, ya que eran cerca de las cuatro y había que aprovechar la luz del sol. Además, Tec estaba nervioso porque la pintura con la que cargó el matafuegos (de donde más tarde saldría el primer chorro con el que atacaría la pared) no era la que utiliza siempre. "Y en parte por eso no sé cómo va a salir lo de hoy" subrayó, de cara a una tarde radiante. Si el estado del coche podía tomarse como un presagio de lo que iba a ocurrir, entonces había pocas razones para ser optimistas. Entre tachos de pintura, rodillos, aerosoles y ropa pintada me dijo que en realidad la incertidumbre no era para preocuparse, porque "la gracia es que nunca se sabe cómo va a salir. Puede llover, puede llegar la policía, puede que la pared esté asquerosa -comentó, con las manos en el volante-; lo imprevisible es parte de la historia. Debe ser por eso que a los chicos de Bellas Artes les cuesta tanto pintar en la calle; la idea les encanta, pero se sienten incómodos una vez que están frente a la pared. Una vez salí con algunos y fue muy difícil. Las condiciones en las que pinta el grafitero no tienen nada que ver con lo que enseñan en la Academia".

Apenas estacionó, a un lado del puente, bajó los tachos de pintura y los rodillos. Antes de que me diera cuenta, con la velocidad que sólo tienen los grandes saboteadores, aprovechó el alto del semáforo para tirar pintura blanca con el matafuego. De la pared saltaron las suficientes asperezas y polvo para convertirnos en momias ambulantes. A un costado pasaban el colectivo 168, la camioneta del ACA, un chico en bicicleta, una señora que me preguntó qué estábamos haciendo. Mientras tanto, con un rodillo de unos dos metros, Tec alisó la pintura sobre los ladrillos del muro. A los bocinazos de abajo se sumó el ruido, arriba, del tren. Para mi gusto, el 151, dos motos, un taxi, un ómnibus de escolares, una ambulancia, el 44 y el 80 pasaron demasiado cerca de Tec. Él igual tomó distancia de la gran forma blanca y midió las proporciones todavía imaginarias de su dibujo in progress. Yo me acerqué y creí ver una miniballena, una cabeza de gato, un submarino, un Jasper Johns. "¿Puedo pasar o se complica?" preguntó una chica en shorts. A Tec le causó gracia que la gente pidiera permiso ("Si lo hicieran más seguido, en cada calle, ¿no viviríamos mejor?") y reivindicó su trazo infantil. "Me encanta trabajar con niños. Ellos dibujan en chiquito y yo adapto esos dibujos a grandes dimensiones. Cuando lo ven flashean, porque siempre les dicen que dibujan mal y así ven que en realidad son geniales", concluyó, con la mano puesta en un círculo rojo sobre el fondo blanco. Una pareja con un cochecito avanzaba por el costado, una abuela miró la pintura y la calificó de "preciosa". Una rubia cruzó en puntas de pie para no mancharse, no sabía que una mancha, en estos tiempos, puede ser una firma valiosa. En eso pensaba cuando Tec terminó la pintura con un contorno negro. Increíble: a partir de ese momento, debajo del puente empezó a vivir un pescadito."¿La vas a firmar?", le pregunté. "¿Para qué la voy a firmar? -me respondió- ¿Para que sepan que la hice yo? ¿Y eso a quién le importa?" Mientras termino de escribir esta crónica, me doy cuenta de que tal vez esa pintura ya no existe más. La ciudad está viva. En sus muros, el arte también.